26 de marzo
Durante más de tres milenios de historia del Antiguo Egipto, las faraonas egipcias fueron una rareza extraordinaria, con solo cinco casos documentados de mujeres que alcanzaron el máximo poder. Esta exclusividad hace que sus historias sean aún más fascinantes, especialmente considerando que las mujeres egipcias gozaban de más derechos que sus contemporáneas griegas y romanas.
De hecho, estas poderosas gobernantes, desde Nitocris hasta Cleopatra VII, dejaron una huella indeleble en la historia. Aunque pocas en número, su influencia fue notable, como demuestra el reinado de Hatshepsut, quien gobernó durante 22 años y se convirtió en la faraona con el mandato más largo.
Este artículo explora las vidas y los logros de estas extraordinarias mujeres faraonas, su ascenso al poder y cómo lograron mantener su autoridad en una sociedad dominada por hombres. Desde sus contribuciones arquitectónicas hasta sus habilidades diplomáticas, descubriremos por qué estas gobernantes merecen un lugar destacado en la historia del Antiguo Egipto.
La sociedad del Antiguo Egipto destacó por una característica excepcional: el estatus elevado que ocupaban las mujeres, notablemente superior al de otras civilizaciones contemporáneas. Este ambiente social proporcionó el terreno fértil donde eventualmente pudieron surgir las faraonas egipcias, aunque fueran casos extraordinarios.
Las mujeres egipcias tenían más derechos legales que sus contemporáneas griegas y romanas. Podían poseer propiedades, administrar negocios y realizar transacciones sin un tutor masculino. También tenían autonomía en el ámbito familiar, con derecho a divorciarse, obtener la custodia de los hijos y heredar bienes. Esta independencia dependía más del estatus social que del género.
La "ley de la heredera" garantizaba que la legitimidad para gobernar se transmitiera por la línea materna. Si no había herederos varones, se prefería a una mujer de sangre real antes que a un hombre sin linaje. Para legitimar su reinado, un pretendiente sin ascendencia real debía casarse con una mujer de estirpe real. La teogamia reforzaba este sistema al vincular la maternidad de los faraones con el dios Amón-Re.
La Gran Esposa Real tenía un rol político y religioso clave. Además de ser la consorte principal del faraón, podía gobernar en su ausencia y ejercer funciones judiciales y ceremoniales. El harén real no era solo un espacio de placer, sino una institución con administración propia y un centro educativo para los hijos reales.
Según el historiador Diodoro Sículo, que compiló lo que se sabía sobre los faraones en el siglo I a.C., solo cinco mujeres ostentaron el título de faraón en Egipto. Estas gobernantes excepcionales marcaron épocas decisivas en la historia egipcia, frecuentemente en períodos de transición o crisis.
Con Nitocris concluye la Dinastía VI y el Imperio Antiguo hacia el 2183 a.C. Aunque su existencia genera debate entre los egiptólogos modernos, aparece mencionada por Heródoto, quien la describe como una vengadora implacable. Según esta tradición, tras el asesinato de su esposo, invitó a los conspiradores a un banquete donde los ahogó al inundar la sala con aguas del Nilo.
Manetón la describe como "la más valiente de todos los hombres de su época, la más bella de todas las mujeres, de piel hermosa y rojas mejillas". Su reinado habría durado aproximadamente dos años, tras los cuales, según Heródoto, "el país se hunde en un estado de inestabilidad, confusión y caos".
Neferusobek (también conocida como Sobeknefrure) cierra la Dinastía XII y el Imperio Medio. El Papiro Real de Turín registra un reinado de tres años, diez meses y veinticinco días. A diferencia de regentes anteriores, fue la primera mujer en adoptar formalmente el título real completo, asociándose con Sobek, el dios cocodrilo de la fertilidad.
Su gobierno coincidió con un período de declive iniciado en reinados anteriores, marcado por sequías e incursiones de tribus nómadas en el Delta.
Hatshepsut, quinta gobernante de la Dinastía XVIII, reinó entre 1513-1490 a.C., convirtiéndose en la mujer que más tiempo ocupó el trono egipcio (22 años). Segunda mujer faraón históricamente confirmada, asumió todos los atributos masculinos del cargo, haciéndose representar como hombre con barba postiza.
Su ascenso fue posible gracias al apoyo crucial del clero de Amón en Tebas. Aunque ha pasado a la historia como gobernante pacífica, hubo al menos seis campañas militares durante su reinado. Su expedición comercial a Punt, aproximadamente en su año decimoquinto de gobierno, constituyó uno de sus mayores logros.
Nefertiti, esposa de Akenatón durante la "revolución de Amarna", posiblemente reinó como faraón tras la muerte de su esposo con el nombre de Anj-jeperure Esmenjkare. Recientes investigaciones arqueológicas sugieren que su momia podría encontrarse en una cámara oculta junto a Tutankamón.
El egiptólogo Nicholas Reeves identificó jeroglíficos que mostrarían a Tutankamón enterrando a Nefertiti, lo que apoyaría la teoría de que fue su predecesora inmediata en el trono.
Tausert cierra la Dinastía XIX con un breve reinado de dos años (1188-1186 a.C.). Anteriormente fue regente del joven Siptah durante seis años. Su período como gobernante en solitario coincide con los llamados "años vacíos", una etapa de anarquía.
Su principal oponente, Sethnajt, fundador de la Dinastía XX, la derrocó y usurpó su tumba en el Valle de los Reyes (KV14). Posteriormente fomentó una "leyenda negra" sobre su gobierno, describiéndola como experta en intrigas cortesanas, aunque actualmente se trabaja para reinterpretar su figura histórica.
Nitocris
Entre las gobernantes del Antiguo Egipto, Hatshepsut destaca como una figura que transformó la concepción misma del poder faraónico femenino. Su extraordinaria historia combina astucia política, visión estratégica y un legado arquitectónico que sobrevivió incluso a los intentos de borrarla de la historia.
Hija de Tutmosis I y su esposa principal Ahmose Nefertari, Hatshepsut asumió inicialmente la regencia tras la muerte de su marido y hermanastro Tutmosis II, mientras su hijastro Tutmosis III era demasiado joven para gobernar. Sin embargo, después de siete años cambió su nombre por Maatkare Hatshepsut y se autoproclamó faraón, adoptando todos los atributos masculinos del cargo, incluida la barba postiza ceremonial.
Para legitimar esta audaz maniobra, Hatshepsut desarrolló una elaborada narrativa religiosa: se presentó como hija directa del dios Amón, afirmando que la deidad se había aparecido a su madre bajo la forma de Tutmosis I durante su concepción. Además, mandó grabar relieves que mostraban a Tutmosis I nombrándola corregente, como si hubiera sido su voluntad divina.
Durante su reinado de 22 años, Hatshepsut priorizó la estabilidad y prosperidad de Egipto. A pesar de su imagen como gobernante pacífica, dirigió al menos seis campañas militares. No obstante, su logro más sobresaliente fue la expedición al legendario país de Punt en su año decimoquinto de gobierno.
Esta misión diplomática y comercial, dirigida por el funcionario nubio Nehesy, partió en cinco grandes naves desde el puerto de Quseir en el Mar Rojo. Los relieves del templo de Deir el-Bahari narran cómo la expedición, realizada "por deseo expreso del propio dios Amón", regresó con tesoros extraordinarios:
Hatshepsut intentó consolidar un linaje femenino preparando a su hija Neferure como sucesora. Le otorgó el importante título de "Esposa del Dios" y la hizo representar con atributos típicos de los príncipes herederos. Sin embargo, la prematura muerte de la joven princesa frustró este plan dinástico femenino.
Tras su fallecimiento, comenzó una sistemática eliminación de su legado: su nombre fue borrado de inscripciones y sus imágenes desfiguradas. Tradicionalmente se atribuyó esta "damnatio memoriae" a Tutmosis III, pero investigaciones recientes sugieren que la destrucción no fue inmediata, sino gradual, iniciándose unos 20 años después de su muerte y prolongándose durante las dinastías XIX y XX. Algunas teorías sugieren que los sacerdotes de Amón durante la época de Ramsés II fueron los verdaderos responsables de este borrado histórico.
Hatshepsut
Cleopatra VII, última monarca de la dinastía ptolemaica, representa una figura singular entre las faraonas egipcias por su excepcional combinación de intelecto, diplomacia y ambición política. A diferencia de sus predecesoras, su historia quedó indisolublemente ligada al destino de Roma, lo que marcó tanto su ascenso como su caída.
Nacida en el año 69 a.C., Cleopatra recibió una educación exquisita que la distinguió entre los gobernantes de su época. Mientras su lengua materna era el griego koiné, se convirtió en la primera soberana ptolemaica en aprender egipcio. Su extraordinaria capacidad lingüística incluía el dominio de idiomas como etíope, troglodita, hebreo, árabe, sirio, medo, parto y latín, lo que reflejaba no solo su intelecto, sino también su ambición de restaurar los territorios que alguna vez pertenecieron al reino ptolemaico.
Además de sus dotes lingüísticas, Cleopatra destacó como diplomática, comandante naval y escritora de tratados médicos. Su habilidad para navegar las complejas aguas políticas le permitió mantener la independencia egipcia durante dos décadas frente a la creciente amenaza romana.
Cuando Julio César llegó a Egipto en 48 a.C. persiguiendo a Pompeyo, Cleopatra vio la oportunidad para asegurar su posición. Utilizando una estrategia audaz, se hizo llevar enrollada en una alfombra hasta los aposentos de César. Esta osadía impresionó al general romano tanto como su inteligencia y capacidad política.
Tras la muerte de César en 44 a.C., Cleopatra regresó a Egipto. Posteriormente, cuando Marco Antonio la convocó a Tarso en 41 a.C., nuevamente desplegó su encanto político. De esta alianza nacieron tres hijos: Alejandro Helios, Cleopatra Selene II y Ptolomeo Filadelfo.
El matrimonio de Antonio con Cleopatra y su divorcio de Octavia, hermana de Octavio, desencadenó la guerra civil romana. El desenlace llegó en la batalla naval de Accio (31 a.C.), donde las fuerzas de Octavio derrotaron a la flota egipcia.
Tras la invasión romana, Antonio se suicidó creyendo erróneamente que Cleopatra había muerto. Al saber que Octavio planeaba exhibirla en Roma como prisionera, la reina decidió quitarse la vida, según la tradición mediante la mordedura de un áspid. Con su muerte en agosto del año 30 a.C., terminó no solo el reinado de la última faraona, sino también la independencia del Antiguo Egipto, que pasó a convertirse en provincia romana.
Cleopatra
Las faraonas egipcias, aunque escasas en número, demostraron un extraordinario poder transformador en la historia del Antiguo Egipto. Su capacidad para gobernar, desde Meritneith hasta Cleopatra VII, quedó plasmada en monumentales obras arquitectónicas, exitosas expediciones comerciales y hábiles maniobras diplomáticas.
Sin embargo, estas gobernantes femeninas representaron mucho más que simples anomalías históricas. Sus reinados revelaron la singular posición de la mujer egipcia, quien gozaba de derechos y libertades superiores a sus contemporáneas de otras civilizaciones antiguas. La historia de estas poderosas mujeres culminó con Cleopatra VII, cuya muerte marcó no solo el fin de las faraonas, sino también la transición de Egipto hacia una provincia romana. Su legado perdura como testimonio de una época donde las mujeres pudieron alcanzar las más altas esferas del poder, desafiando las convenciones de su tiempo y dejando una huella indeleble en la historia de la humanidad.
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